Los cuñados de la Michelán

Contemplo con estupor (y, por qué negarlo, con cierta vergüenza ajena) el revuelo montado en la comunidad gastrofoodie con la edición de este año de la Guía Michelín y la entrega de sus preciados macarrones. Al igual que el tipo que se promete Navidad tras Navidad no comprar más lotería tras no tocarle ni un triste reintegro cada noviembre es momento de expresar nuestra indignación por la cicatería y fijación de la guía con nuestra gastronomía.

Como buenos gastrocuñados que somos nos apresuramos, raudos y veloces, no ya a decirles a los señores inspectores que su criterio es erróneo, sino indicándoles cuál debería ser el correcto. ¡Qué atrevidos estos gabachos, que osan poner en su guía lo que les da la gana!

Enarbolando la bandera del inapelable “y yo más” reclamamos preseas para nuestra gastronomía con la única base argumental de que con nuestros vecinos del norte los maléficos inspectores de Clermont-Ferrand son mucho más benévolos y espléndidos. En un ejercicio patriótico sin precedentes establecemos astutos agravios comparativos con multitud de restaurantes estrellados de la Galia (que por supuesto no hemos visitado, pero que nuestro cuñado, fudi él, nos ha dicho que se come fatal), sin darnos cuenta que hacemos un flaco favor a nuestra cocina -y a nosotros mismos-. ¿Por qué no esas comparaciones con otras versiones de la guía, como la nórdica, donde Noma ostenta sólo 2 estrellas? ¿O Bélgica, Holanda o Alemania? Porque preferimos que la guía sea un circo o un chiringuito al más puro estilo Nueva York o Hong Kong, donde una hamburguesería o un restaurante de dimsum más pequeño que el salón de nuestras casas ostentan una estrella.

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Amigos, seamos serios. Hagamos una breve reflexión y veamos si esta cicatería es tal. ¿Cuántos biestrellados en la actualidad merecerían acceder al olimpo de la restauración? ¿3? ¿4? ¿5? Desde luego no más. ¿Y estrellados que merezcan el segundo galardón? ¿4? ¿5? ¿6 quizá? Es que no hay más, queridos. Claro que hay restaurantes sin estrella que la merecen, bastantes además, pero demos tiempo al tiempo, que se asienten, que se consagren, y todo llegará. Y, por favor, dejemos de reclamar estrellas para chiringuitos, pongamos en valor nuestra guía y nuestra gastronomía.

Por otro lado, leo también que existe una absoluta heterogeneidad y disparidad de criterios en la capa más baja de la pirámide, con restaurantes de muy diferentes niveles ostentando una estrella. Cierto, ninguna pega. Pero, a mi entender, difícil solución tiene ésto cuando hablamos únicamente de tres escalafones y donde, en teoría, los dos superiores se reservan para lugares realmente especiales. A bote pronto, únicamente se me ocurren dos posibles soluciones. La primera, cortar por lo sano y cargarnos toda esa capa “inferior” de los monoestrellados. Así, a lo loco. Y la segunda, promocionar hacia arriba a los de la capa superior por el mero hecho de que exista esta perturbación en la fuerza. Principio de Peter se llama eso. Así que, virgencita virgencita, que me quede como estoy.

Seamos positivos, nuestra gastronomía goza de una fantástica salud, con una clase media más en forma y más prolífera que nunca. Explotemos eso. Disfrutemos de eso. Y apoyemos a nuestros restaurantes favoritos yendo a ellos, no jaleando injusticias en las redes sociales.

Y recuerden: ayer, hoy y siempre #EstrellasParaTodos

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