De fotos, chaquetas y varios

Vaya por delante que me gusta fotografiar los platos que como. Lo he hecho desde siempre; mucho antes de tener un smartphone o de que existiera twitter para compartirlas. Me gusta tener un recuerdo gráfico de cómo es un plato, además de su descripción textual o su sabor. Soy un poco friki, lo sé. A partir de aquí, vamos al quid de la cuestión.

Lo había leído hace unos meses y el otro día lo pude corroborar en primera persona: ahora en DiverXO se permite fotografiar los platos.

David, que desde un principio había “protegido” el factor sorpresa en su restaurante a través de esta vía, ha claudicado -más por resignación que por convencimiento, creo yo- y ha accedido a ello. Eso sí, en la propia carta, donde se explican los distintos menús, se indica que, aunque se puede, no se aconseja, en pos de centrarse en el disfrute de los platos.

Durante todos estos años se ha generado una cierta controversia por este hecho, y no han sido pocas las voces que se han alzado para criticar esta medida adoptada por David. Éste, mientras tanto, basaba su defensa en que uno de los principales activos de DiverXO era -y es- el factor sorpresa, hecho que mermaba notablemente en el momento que se veían publicadas fotos de los platos en cualquier plataforma de Internet (blogs, redes sociales…). 

Bien es cierto que, visto desde fuera, el hecho de establecer una prohibición como ésta puede parecer fruto de un exceso de celo o proteccionismo, e incluso puede llevar a determinada gente a plantearse una posible visita al restaurante. Perfectamente comprensible, pero también entiendo a David y su afán -casi obsesión- con sorprender a sus clientes. Además lo único indiscutible es que es su casa y él pone las normas que quiere. Y el que quiera ir, ha de aceptarlas. Con el añadido de que esta condición es sabida con anterioridad, el comensal es consciente de ella, por lo que no debe coger a nadie por sorpresa. Puede gustar o no, pero no engaña a nadie; es honesto. Y seguramente sabedor de que esa norma le ha podido hacer perder clientes, pero es fiel a su filosofía.

Veamos otro ejemplo. Son no pocos los restaurantes que exigen un determinado dress code en su sala, llegando los más estrictos a solicitar que los caballeros acudan con chaqueta (e incluso corbata). En este punto, el cliente es libre de ir o no al restaurante, y de hacerlo, ha de acatar esa norma y vestirse como se solicita. Si uno quiere ir a Zalacaín, Horcher, La Terraza del Casino, antes a Sergi Arola Gastro… ha de pasar por el vestidor y envainarse una americana e incluso anudarse una corbata al cuello. No seré yo, que por circunstancias laborales llevo traje a diario, el que defienda numantinamente esta práctica (os imaginaréis la gracia que me puede hacer arreglarme un sábado), pero soy perfectamente consciente de que es una norma dentro de la casa y que, si deseo ir allí, he de acatarla. Y como ésta, muchas otras, quizá de menor calado mediático, pero igualmente impositivas: no servir refrescos con la comida, no permitir combinar carta y menú en una misma mesa, no poder acudir con niños menores de una determinada edad, ofrecer únicamente menús cerrados sin existir carta…

Muchas veces pensamos que sólo por el hecho de pagar ya tenemos derecho a exigir lo que se nos antoje y a ser los amos y dueños del garito. Y no.

Son las reglas del juego, y si quieres jugar, has de aceptarlas.

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